LAICISMO

La palabra "laico" (del griego "laos", pueblo) significa "hombre del pueblo"  e indica a las personas, a los integrantes de una comunidad, que son independientes de toda organización, no sólo religiosa, sino también política.

No a alguien apolítico o ateo, sino a aquel que no participa dentro de la estructura de un partido político o sacerdotal y si bien participa de la comunidad, no tiene la obligación de obedecer las directivas de la organización.

La confusión ha surgido con los católicos en particular, ya que dentro del movimiento re1igioso cristiano se usó para designar a quienes eran simplemente fieles y pertenecían a la comunidad  (a la ecclesia), para diferenciarlos de los diáconos (administradores), los presbíteros (ancianos), y los “epíscopos” u obispos (vigilante), que fueron constituyendo la orden sacerdotal”. Es por eso que muchos creen que los laicos son aquellos que simplemente no son sacerdotes y que la laicidad se refiera exclusivamente al tema religioso.


Lo laico, es una categoría política. Así, el término "Estado laico", indica más un método que un contenido, ya que “en el sentido más amplio del término, no privilegia ninguna religión, partido político, ni concepción ideal de vida, garantizando la libre expresión de todas, dentro de ciertos límites”. El ESTADO LAICO es independiente de cualquier religión o ideología política y no promueve, como en los regímenes totalitarios, la idolatría de los gobernantes de turno.


Esto está definido por su origen etimológico proveniente del laos griego, el pueblo, el cual es constituyente del Estado en toda su expresión múltiple y en toda su complejidad, donde el poder político se genera y descansa en todos sus amplios, diversos y divergentes componentes, y no solo en aquellos que tengan cierta particularidad, sea esta religiosa, racial o ideológica.

El aspecto central del laicismo es el debate de las ideas y la construcción de una sociedad pluralista, que pueda dar cuenta integral de la diversidad, respetando las distintas visiones, éticas o filosóficas, donde la tolerancia sea una práctica efectiva que asuma las diferencias. Es el aseguramiento de la libertad de conciencia, el derecho a ejercerla sin supervisiones de ningún tipo.

El debate sobre la relación entre el laicismo y la sociedad democrática actual ha cobrado interés en muchos países, ante la amenaza de un terrorismo vinculado a determinada confesión religiosa (musulmanes) o etnia (Mapuches en Chile y Argentina) y a la grieta que se busca para dividir a la sociedad fomentando la intolerancia con el que piensa distinto. Esa última división impuesta desde el estado a través de los medios de comunicación ha dividido a las familias y grupos de amigos en Argentina.

El laicismo consiste en el establecimiento de un Estado absolutamente neutral, en relación con las diversas ideologías, etnias, creencias y doctrinas, que constituyen la pluralidad nacional.

Hemos visto desgraciadamente, en regímenes totalitarios elegidos por el voto democrático,  como el Estado dejaba de ser neutral frente a las ideas o creencias y se transformaba en agente promotor de ciertos valores, cambiando la historia e idolatrando a ciertos dirigentes utilizando para ellos a los fondos públicos. Por lo tanto, estoy convencido que la única forma de garantizar una democracia verdadera es con un estado laico. Pero no laico solamente en lo religioso. También en lo político, sin emplear fondos públicos para comprar voluntades, financiar campañas partidarias y perseguir penal e impositivamente a los adversarios políticos. Durante siglos, han sido los líderes autoritarios, la tradición religiosa y los grupos de poder económico los que se han adueñado de los resortes del estado, de los medios de comunicación y han sido los encargados de vertebrar moralmente las sociedades.

Las democracias laicas basan sus acuerdos en leyes discutibles y revocables, de aceptación en último caso voluntaria y humanamente acordada. Convirtiendo los dogmas en creencias particulares de los ciudadanos, para de este modo perder su obligatoriedad general y resguardar el derecho a pensar libremente y a pertenecer a la comunidad. La pertenencia no debe ser nunca obligatoria.

Este marco institucional secular no excluye, ni mucho menos persigue, las creencias políticas o religiosas: al contrario, las protege a las unas frente a las otras. Porque la mayoría de las persecuciones y las grietas han sucedido históricamente a causa de la enemistad intolerante de grupos sectarios sean políticos, religiosos, étnicos contra las demás, que aprovechando una mayoría circunstancial somete los derechos, de todos los ciudadanos a un determinismo segregacionista. Se busca crear una grieta en la sociedad para dividir a las familias y a los grupos de amigos y poder gobernar a un pueblo dividido.

Las religiones pueden decretar para orientar a sus creyentes qué conductas son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito. La legalidad establecida en la sociedad laica marca los límites socialmente aceptables dentro de los que debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren nuestras creencias religiosas o políticas. Son las religiones, grupos étnicos o ideologías políticas quienes tienen que acomodarse a las leyes, nunca al revés.  La igualdad ante la ley no debe ser un punto de discusión.

En resumen, a lo largo de la historia siempre ha habido sectores que se imaginan los mejores del mundo: la mejor religión, la mejor forma de gobierno,  la mejor cosmovisión. Esto es fundamentalismo que significa hacer de su verdad la única e imponerla a los demás.
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En el laicismo la discusión no se acaba nunca y no debe acabarse, pues en ella está lo vital de la política democrática. Los acuerdos que perduran son el resultado de debates entre intereses y entre ideas. Los combates deben librarse, y en ellos habrá ganadores y perdedores, pues en eso consiste la política. Pero el resultado no es la aniquilación del otro. El objetivo debe ser la creación de instituciones en las que pueda darse un respetuoso debate de ideas e intereses y se llegue a acuerdos, ya que no podemos esperar que el consenso brote espontáneamente por la buena voluntad. En las sociedades, los consensos están al final de la historia, y no al comienzo.


Por suerte se ha creado un antídoto contra el fundamentalismo, que consiste en la educación laica, gratuita y obligatoria. Esta es una de las respuestas más efectivas a las expectativas ciudadanas para reducir las desigualdades sociales y dar los medios básicos para la integración social. Pero este instrumento debe ser bien comprendido y mejor aplicado. 


En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual) y lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos), no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo o ideología política en particular.


La educación debe preparar hombres para ser los dueños de su propia vida, de su propio destino. 


El compromiso se orienta a la emancipación de las conciencias, y no a la eventual salvación de las almas.

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