Iblis y Prometeo


Es similar el origen de la humanidad, según la biblia y los mitos griegos.




Al comparar el origen de la humanidad según los mitos griegos con las de las tradiciones talmúdicas, nos encontramos con múltiples similitudes. 

Cambian los nombres, pero los personajes son similares, por lo que es muy probable que esta gran leyenda de la humanidad esté inspirada en sucesos ocurridos antes de la gran catástrofe que diezmó a la humanidad y que conocemos bajo  el nombre de: “el diluvio universal”. Pero sus enseñanzas siguen vigentes.

Ambas leyendas nos cuentan de una época en que los hombres eran como niños inmaduros hasta que aparece un personaje que les enseña que todo lo bueno y lo malo que nos pasa depende de nuestra libertad. Es el gran acto de la madurez a la que nos enfrentamos y a partir de ese momento cambia la razón de la existencia de los hombres en la tierra. Es el paso a otro nivel espiritual, si se quiere.

Mientras no pase por el rito de madurez seguiré siendo niño, no habré entendido el sentido de la vida, y viviré irresponsablemente, esperando que la autoridad me proteja, me recompense cuando me porte bien o me castigue cuando haga mal.

También los teólogos nos hablan del trabajo como castigo divino en represalia por tamaña osadía y de la eterna lucha de aquellos que pretenden socializar el conocimiento, elevando el nivel de conciencia, contra el poder establecido que intenta monopolizar el saber para su exclusivo beneficio, sometiendo a la  población a la ignorancia.

Lo que me sorprende de su historia es cómo Iblis y Prometeo, que se enfrentan al poder supremo opresor de los dioses para ayudar al hombre, para sacarlo de la oscuridad, son vistos como algo malo, nefasto. He ahí otro de los grandes trucos de los teólogos.

La Leyenda de Prometeo

Según la leyenda griega los elementos de la naturaleza crearon una raza de gigantes que habitaron la Tierra denominados Titanes. Posteriormente estos Titanes destronaron al Cielo, la tierra y al resto de las divinidades primordiales.

Los hijos de los titanes denominados Dioses Olímpicos comandados por Zeus vencen a los Titanes. Siguiendo la lógica de esa evolución, la raza que sucediera a los olímpicos, en términos de tiempo, debería, en igual forma, combatirlos y destronarlos.

Prometeo, un Titán que no luchó contra los Dioses Olímpicos, formó con barro el cuerpo de "Los Hombres" a imagen y semejanza de los dioses. Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. "Atenea", diosa de la sabiduría, insuflo en ellos el espíritu o soplo divino. Prometeo además les enseño el modo de dominar la naturaleza y de conocerse a sí mismos y trajo el fuego para la humanidad, lo que permitió la cocción de los alimentos, la cerámica y la metalurgia.

Zeus, sospechaba de los seres humanos, ya que no fue él quien los creo, y no tenia interés alguno en mantenerlos en la tierra. Por consiguiente, cuando "Prometeo" reivindico para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y desenvolvimiento espiritual, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Zeus decide encadenar a Prometeo, a la pared de un abismo y castigar a la humanidad con el Diluvio Universal del que se salva solo una pareja.

La leyenda de Hiram

Cuando Tubal Caín transmite a Hiram el “secreto” de la tradición luciferina, le cuenta de la  existencia de dos dioses: Adonaí que es el amo de la Materia y del elemento Tierra e Iblis el amo del Espíritu y del elemento Fuego.

Adonaí utilizando barro creó al primer hombre, Adán, para que fuera su esclavo y juguete, e Iblis motivado por la compasión despierta su espíritu, le da al Hombre la inteligencia y la comprensión.
Mientras Lilith, la hermana de Iblis, se convertía en la amante oculta de Adán y le enseñaba el arte del pensamiento, Iblis seducía a Eva, la fecundaba y, junto con el germen de Caín, deslizaba en su seno una chispa divina.

En efecto, según las tradiciones talmúdicas, Abel nacerá de los amores ortodoxos de Eva con Adán y Caín de los encuentros “luciferinos” de Eva e Iblis. Por lo tanto Caín es el hijo del Dios de la inteligencia y en consecuencia, el hijo tradicionalmente “malo” de la Biblia, se convierte en hijo “bueno” del secreto.

La confrontación bíblica entre Abel (el trabajador competente que agrada a Dios con su forma de actuar) y Caín (el asesino, envidioso) queda modificada cuando este último cuenta a Hiram que a él siempre le habían tocado los trabajos pesados, los que nadie quería (trabajar la tierra, sembrar, recoger, pasar frío y calor, estando expuesto a los riesgos de este tipo de trabajo), mientras que Abel, (convertido en todo un “señorito”), estaba encargado de vigilar plácidamente los rebaños tumbado en placenteros prados.

Dada la paternidad que antes hemos contado, los sacrificios de Caín (vegetales) al Dios Adonaí (deidad opuesta a Iblis, el padre de Caín) son rechazados. El humo de su pira es negro y se desparrama por el suelo mientras que el humo del sacrificio de Abel (animales) sube blanco hacia el cielo. Caín se convierte en ese momento en el “santo patrono” de los sufridos trabajadores, y todos sus descendientes trabajarán sin cesar para mejorar la suerte de los hombres. 

Los “signos” que rigen inconscientemente nuestra forma de entender el mundo, pueden explicarse de muchas maneras. Los “buenos” no lo son y los “malos” suelen tener sus explicaciones para serlo. 

Desgraciadamente en nuestra cultura se asocia el trabajo a una debilidad y a la dependencia de un Jefe o Patrón. Es en consecuencia una marca de inferioridad y por lo tanto indigna de un hombre de buena posición. 

Para ser reconocido no alcanza con tener riqueza y poder, es necesario que estos sean puestos de manifiesto, porque la estima solo se logra ante la evidencia. Un cierto grado de ociosidad es considerado un medio de conseguir el respeto de los demás. La abstención del trabajo se convierte en marca de éxito económico y la aplicación al trabajo es signo de pobreza y dependencia. Surge así una Clase ociosa, cuyo rasgo característico es no hacer ninguna tarea útil de una manera ostensible. Sus ocupaciones son: el gobierno, la guerra, los deportes y las prácticas devotas.

La abstención del trabajo no es solo un acto honorífico sino algo requerido por el decoro. De este modo el trabajo se convierte en algo indigno para quien ha nacido noble y libre.

Esta idea viene transmitida en nuestra cultura desde tiempos inmemoriales y ya lo hemos hecho carne al punto de que conscientemente somos incapaces de reconocer hasta que punto estamos influidos por la conducta del grupo en el que nos ha tocado vivir. El signo “el trabajo es un castigo divino”, representado por la expulsión del Paraíso (donde no existía el trabajo), ha hecho del acto de “ganarse la vida con el sudor de la frente” un signo, como decíamos, profundamente relacionado con la malignidad del hecho de trabajar, tanto por lo que supone de esfuerzo como por los riesgos que conlleva.

En esta disputa permanente entre los trabajadores y la Clase ociosa (Gobernantes, militares, y sacerdotes) los masones al colocarnos el mandil símbolo del trabajo, hemos tomado la posición de honrar al Trabajo como camino y medio de realización espiritual y defender, fraternalmente, a los trabajadores, por lo que no es de extrañar que muchos sindicatos y organizaciones  empresarias dedicadas a la producción hayan sido creados por masones. Pues,  etimológicamente, el dedicarse a los negocio significa la negación del ocio. No olvidemos que el empresario es un trabajador más, que asume riesgos, diseña, organiza y gestiona el capital para llevar a cabo la obra.

Esto nos muestra una propuesta superadora a la lucha de clases, que no es más que una división entre los trabajadores de cuello blanco y cuello azul. La lucha es contra aquella clase ociosa integrada por los caudillos, militares, religiosos y su sequito, que integran las no más de 1.000 corporaciones que representan más del 60% del PBI mundial y concentran todas las riquezas.

Los antiguos canteros leyeron los signos que separan a los hombres injustamente y que les condenan a trabajos peligrosos y cargados de “traidores”, e intentaron hallar mecanismos de alerta, desgraciadamente muy poco escuchados. Quizás podamos comprenderlos cuando decían en su oración:

Si yo obro por amor del beneficio como un fruto olvidado, me pudriré en el otoño.
Si yo obro para complacer a otros como la flor de la hierba, me marchitaré en la tarde.
Pero si obro por amor al bien, en el Bien permaneceré.

Como corolario, digamos que todo el simbolismo masónico destaca la finalidad esencialmente operativa de la Orden cuyo nombre es sinónimo de construcción. Para lo cual es necesario realizar algo en el dominio, intelectual o el de la realización objetiva. Así como el Mandil se coloca por encima de toda otra vestimenta, el Masón deberá ser, por encima de toda otra consideración, un trabajador, en el sentido más elevado.  Es decir, aquel que concibe y realiza una obra o actividad inspirada por un  ideal cuya característica distintiva es el amor a esa obra emprendida.

Bibliografia
·   La primera civilización – C Knight – A Buttler
·   Biblia
·   Prometeo - El Maestro que robó el Fuego - por Q.H. José Riquelme - Ori:. del Paraguay
·   La leyenda de Hiram por Jaime Llacuna  Jefe del Área de Información y Documentación Técnica de INSHT

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